Demasiado bueno para ser cierto: un repaso por la mentira en el documental

Fragmento del póster de “Operación Luna” / Arte France, Point du Jour

Creo que si de verdad existen universos paralelos, con infinidad de escenarios y líneas de acción posibles, en cada uno de ellos habría siempre el típico periodista (o peor: ¡profesor de periodismo!) que, frente a cualquiera que decidiera escucharlo, frunciría el ceño y alzaría al cielo su rígido dedo índice para condenar con dureza la famosa frase “no dejes que la verdad te estropee una buena historia”. Sin duda, ningún periodista serio alabaría jamás esta oda a la mentira, pero lo gracioso es que en el género documental (un género que muchos asocian al periodismo, y tienen parte de razón, ya que se nutre de material real) estas palabras no van tan mal encaminadas.

La cosa ya apuntaba maneras desde sus inicios. En Nanuk el Esquimal (1922), considerado el primer documental de la historia, se supone que asistiríamos a una muestra de lo que en esa época era el día a día de tu típica familia inuit. Pero su director, Robert Flaherty, falseó totalmente muchas de las escenas. Nanuk solía cazar con una escopeta, pero Flaherty le hizo armarse con un arpón para representar una imagen romántica de cómo solían cazar sus antepasados. Las escenas que muestran a la familia dentro del hogar fueron grabadas en uno iglú falso, ya que el de verdad era demasiado oscuro como para obtener una buena imagen. Pero sin duda, lo más gracioso es que su mujer e hijos no eran tal, sino fruto de un cásting entre otros esquimales locales ¡Nanuk ni siquiera era el nombre verdadero del protagonista!; su nombre real era Allakariallak.

En Las Hurdes. Tierra sin Pan (1933), de Luis Buñuel, también hubo escenas falseadas. ¿Os acordáis de aquella secuencia en la que una cabra caía de un precipicio? El mismo Buñuel disparó al animal para facilitar su caída. ¿Y el burro exhausto rodeado de moscas? Corre el rumor entre los hurdenses que se embadurnó con miel el cuerpo del asno para atraer a los parásitos.

Pero lo que sí fue una tomadura de pelo fue lo que hizo Operación Luna (2002), del director William Karel. En este documental se nos revelaba un descubrimiento alucinante: que la llegada del hombre a la luna había sido un montaje. Durante casi 50 minutos, prestamos atención a la retahíla de declaraciones e informaciones secretas que apuntaban a uno de los mayores fraudes de la historia. Pero el francés se quedó con todos nosotros. Al final, no había existido ningún montaje, ni ningún gran complot del estado por engañarnos. El truco quedaba descubierto al final de todo, donde se nos mostraba cómo se habían editado de forma engañosa las imágenes. Al menos, todos los que vimos el film pudimos irnos a dormir con la certeza de que, en efecto, Neil Armstrong había pisado la luna.

Otros como Catfish (2010), de Henry Joost y Ariel Schulman, dicen no haber recurrido a la manipulación, pero todavía hoy levantan dudas sobre su verosimilitud. Algunos no terminaron de creerse la “buena suerte” que habían tenido los jóvenes directores a la hora de empezar a grabar la relación a distancia del protagonista en un momento en el que les era imposible saber el interés que aquella historia acabaría teniendo. Morgan Spurlock, director de Super Size Me, incluso llegó a calificar Catfish como “el mejor documental falso que había visto”.

Aunque a veces, algunos son condenados no por lo que hicieron, si no por lo que dejaron de hacer. En este caso, las críticas le llovieron a Malik Bendjelloul, director del aclamado Searching for Sugarman (2012), que para engrandecer el mito del artista fracasado que, a pesar de todo, acaba triunfando (¡y en Sudáfrica, ni más ni menos!), omitió el hecho de que Rodríguez había hecho conciertos por Australia, y con bastante éxito. Bendjelloul se defendió alegando que su objetivo había sido reproducir la historia tal y como la había oído por primera vez de Stephen ‘Sugar’ Segerman, uno de los protagonistas del film, y transmitir así la emoción que éste fan sintió cuando, tras años de creer que Rodríguez estaba muerto, vio renacer de entre las cenizas a su ídolo de la juventud.

Pero ante esquimales falseados, conspiraciones lunares y cantantes de folk que sí llenan conciertos, ¿deberíamos indignarnos ante la toma de tantas libertades creativas? ¿Debería un documentalista ponerse una mano sobre el pecho y otra sobre una copia de la biblia y jurar ante todos nosotros que lo que está a punto de grabar es “la verdad, y nada más que la verdad”?

Nanuk el Esquimal / Revillon Frères, Pathé Exchange

Lo cierto es que lo primero que hemos de entender sobre el género documental es que no pretende ser una visión objetiva (si es que eso existe) de lo que ocurre en la vida; es una visión subjetiva del mundo que se nutre de material real. Dicho en otras palabras, es la realidad explicada a través de las herramientas de la ficción audiovisual.

Aunque quizás el documental “fly on the wall” es el único que más se empeña en minimizar el impacto del documentalista sobre aquello que graba (para aquellos que no lo conozcan, échenle un vistazo a High School (1968), de Frederick Wiseman, y compárenlo, por ejemplo, con cualquier documental de Michael Moore, la antítesis del documental observacional), lo cierto es que es imposible disociar al autor de su obra.

Si bien todos podemos entender lo mucho que puede cambiar el significado de una frase cambiando una palabra por otra (no será nunca lo mismo “opinar” que “criticar” o “señalar” que “acusar”), no debería extrañarnos que ocurra lo mismo con el lenguaje cinematográfico, en el que la elección de un plano u otro puede cambiar drásticamente la atmósfera del relato. Tampoco podemos obviar el papel de la edición, en el que factores como el orden de las escenas o las declaraciones que destacamos de cada personaje alteran, sin dudarlo, el resultado final.  Y todo esto sin hablar del propio límite temporal que decida establecer el documentalista y de las numerosas horas de metraje descartadas que acaban en la papelera de la sala de montaje.

Pero si bien hay un cierto grado de subjetividad intrínseca de la obra que es fácil de asimilar, existen ciertas decisiones estilísticas y narrativas que generan disputas. En el caso de Searching for Sugarman, está claro que su director podría haber explicado todo aquello de los conciertos en Australia y ahorrarse el mal trago de ser llamado un embustero a escala mundial. Sin embargo, ¿cómo hubiéramos percibido la historia entonces? Y más importante aún, ¿de qué nos hubiera servido? Porque cuando todos vimos a ese hombrecito salir por primera vez al escenario frente a miles de fans enloquecidos, hubiéramos pagado lo que fuera para que ningún aguafiestas nos dijera que eso que estábamos viendo no era “la verdad”. Si bien queda a interpretación de la audiencia si perdona o no una posible manipulación del relato, lo cierto es que la elección de Bendjelloul de ponernos en la piel de aquellos fans sudafricanos que durante años ignoraron que su ídolo estaba vivo, nos permite evadirnos de nuestra aburrida sala de estar y sentir la euforia que desprendían las miles de personas que se congregaron esa noche de marzo de 1998 en el Velódromo Bellville de Ciudad del Cabo.

La problemática radica en el peso que le demos a los dos factores que están en juego: los hechos y la experiencia narrativa. Cuando la prevalencia de uno amenaza con sofocar el otro, es cuando surge la gran disputa. ¿Preferimos una obra narrada con destreza, ritmo y gracia, pero sacrificando un cierto grado de veracidad? ¿O seremos capaces de aguantar un documental un poco más adusto, pero fiel a los hechos recogidos por el autor? El primero será más efectivo captando la atención de la gente, pero el segundo no edulcorará la verdad.

A estas alturas, creo que ya puedes ver a dónde intento llegar. Y créeme, no pretendo pasarme páginas y páginas dándole vueltas a temas como la responsabilidad moral del autor o la libertad a la hora del proceso creativo. Si durante todo este tiempo has estado pensando que “por qué le doy tantas vueltas a algo tan insignificante” o “ya está la pesada de turno jodiéndome el próximo documental de Netflix”, pido disculpas de antemano. Jamás se me pasaría por la cabeza dejar que este artículo te estropeara una buena historia.

Fotograma de “Searching for Sugarman” / Red Box Films, Passion Pictures, Canfield Pictures

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