Apuntes sobre la nostalgia

Mad Men / AMC

La nostalgia es un carrusel. En uno de los mejores pitch de Mad Men, Don Draper argumenta frente a los directivos de Kodak lo que su producto -un proyector de diapositivas- podía hacer sentir a la gente: “Teddy me explicó que en griego ‘nostalgia’ significa, literalmente, ‘el dolor de una vieja herida’. Es un dolor en tu corazón mucho más poderoso que el simple recuerdo”. Mientras tanto, en la pantalla de la sala de reuniones se proyectan antiguas fotografías de la familia Draper: momentos felices con sus hijos y su esposa, pruebas gráficas de que una vez existió un pasado mejor: “Se llama el carrusel (…) da vueltas y vueltas, llevándonos de regreso a casa, al lugar donde sabemos que somos queridos”.

La nostalgia es equiparable a la “saudade” de los portugueses, aunque no todos opinen lo mismo. Para algunos, esta dulce palabra, coronada por una “ese” y dos “des” que se deslizan por la lengua como un pañuelo de seda sobre la piel, es un sentirse incompleto, “un deseo vago y constante de algo que no sea el momento presente” (In Portugal, Audrey Bell). Sin duda, los portugueses son los padres indiscutibles de este sentimiento agridulce, por siglos cantados a través de sus folklóricos fados bajo el cobijo de tabernas, callejones mal iluminados y navíos en alta mar.

La nostalgia cabe en una caja de zapatos. En ella guardamos todas esas cartas, fotografías y objetos variopintos que un día significaron algo. Si alguna vez has intentado deshacerte de esta carga, sabrás que no es complicado; es criminal. Un acto temerario que despierta todos nuestros instintos de supervivencia animal, porque, ¿quién sería capaz de atentar contra sus propios recuerdos?

La nostalgia vende. Vende cuando aparece en series de éxito como Stranger Things, con su look ochentero y sus referencias a clásicos de la infancia de aquellos que ya están llegando al ecuador de la vida. Vende con sus restaurantes de comida “de la mamma”, con sus muebles vintage y emisoras de radio que sólo emiten los clásicos de décadas pasadas. Vende -y lo hace muy bien- porque todos pagaríamos lo que fuera por utilizar una máquina del tiempo.

La nostalgia es el franqueo de una frontera. El mal du pays, como lo llaman los franceses. Como quedarse dormido en un tren y despertarse en medio de una parada desconocida, atontado aún por los minutos de inconsciencia, sin saber cómo has llegado hasta allí y qué demonios vas a hacer ahora. Eres el Mayor Tom viajando por el espacio, atrapado en un bote de hojalata. El Planeta Tierra se empequeñece mientras piensas en lo mucho que lo echarás de menos.   

La nostalgia suele mirar a la infancia, en especial si esta fue buena. Los juguetes, la ropa, el tiempo libre, los amigos. Nos dice que todo era mejor entonces, cuando abrazado al jersey de lana de tu madre, que emanaba ese olor a limpio, podías dormirte tranquilo, sabiéndote inmortal.

La nostalgia es el pasatiempo de los que nos hacemos viejos. La soledad se afinca en nuestro jardín y abona la tierra, que es la más anciana de todas. Confinados en nuestra casa de muebles macizos, con la mesita auxiliar coronada por el tapete de crochet blanco y acariciando el marco de fotos de nuestros nietos, es ahí donde pasamos las horas recordando el pasado, porque nos pueden quitar muchas cosas, pero no el placer de regodearnos y sufrir un poco ante un buen recuerdo.

Stranger Things / Netflix

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