¡No crees arte, maldito!

Fotograma de “Abstract” / Netflix

Te dice que no es bueno. La idea es poco original, el estilo es pueril y el resultado, pobre. A estas alturas, podrías estar haciéndolo mejor, ¿no te parece?

Te dice que es aburrido, hortera, kitsch y está mal planteado. Que por qué no se te ocurre nada original, menos cliché, algo que realmente conecte con la gente.

Te dice que por qué no has acabado aún, si llevas horas dándole vueltas a lo mismo. Te dice que esto no es lo tuyo, que dejes el arte para los artistas de verdad.

Te dice que Mozart componía obras para piano a los 5 años. Que Truman Capote publicó su primera novela con apenas 23. Te dice que has llegado demasiado tarde.

Te dice que falta algo. A sus ojos siempre falta “algo”. ¿Pero qué puede ser ese “algo”, esa maldita bola de humo que flota sobre tu cabeza, tan ingrávida que cada vez que estás a punto de alcanzarla, se eleva un poquito más por encima de tus dedos?

Y como un idiota le haces caso. Tan solo intenta ayudarte, piensas. Ahorrarte la vergüenza de salir en público con las manos llenas de papel mojado. Al final, pasa poco tiempo hasta que te familiarizas con la página en blanco, cada día más vacua y silenciosa, y ya casi ni te acuerdas de aquel arrebato que en un principio te arrastró hacia ella.

La perfección es quizás el término que con más facilidad consigue erizarme la piel. De repente, el juego se transforma en miedo a no ser suficiente. A no ser tan bueno como “ellos” o “los demás” o ni siquiera “nadie”. Por alguna extraña razón, nos encanta compararnos con gigantes y cada tropiezo es como un insulto a tus referentes, a aquellos que siempre has observado desde abajo, esperando algún día escribir algo no la mitad, sino la mitad de la mitad, de brillante, cercano, verdadero, preciso, y, por qué no, inspirador, de lo que “ellos”, “los demás” y, al parecer, “todos”, son capaces de hacer simplemente sentándose delante del ordenador o la máquina de escribir o la libreta, mientras beben de su taza amarillenta de café instantáneo y mueven los dedos con la rapidez del flujo continuo de sus pensamientos -pensamientos que, a tu parecer, siempre estarán por encima de los tuyos, más brillantes, cercanos, verdaderos, precisos e inspiradores de lo que jamás serías capaz de imaginar-.

Descubrir por primera vez que tienes a un crítico interno incrustado en los confines de tu mente es, en cierto modo, como desabrocharse los botones del cuello de la camisa. El aire empieza a fluir mejor. Durante tanto tiempo, te has sentido como los niños de Stranger Things, acosado por un ser maligno dispuesto a joderte el baile de invierno. Al menos ahora ya sabes que no estás loco.

Primero empiezas a conectar los puntos. Por eso no te apuntaste al cursillo de teatro que ofrecían tan cerca de tu casa. Por eso preferiste no comprarte esa guitarra que tanta ilusión te hacía. Por eso te pasaste todo el fin de semana limpiando la casa como un poseso, en vez de sentarte frente al ordenador y escribir esa novela que durante tanto tiempo has querido empezar.

Y al final, entiendes ese discurso tan repetido -y quizás por eso, tan cierto- de las adicciones: primero tienes que reconocer que tienes un problema. Luego empieza la rehabilitación.

 

Philip Seymour Hoffman interpretando a Truman Capote en “Capote” / Sony Pictures Classics

 

En temas de rehabilitación creativa, Julia Cameron es la primera que me viene a la cabeza. Su libro, “El camino del artista”, es un manual de autoayuda para el creativo frustrado. Y sí, peca de las muletillas que caracterizan a este género, como la abundancia de anécdotas en las que antiguos alumnos/pacientes/adeptos mejoran de forma cuasi milagrosa después de probar “el método”. Sin embargo, no puedo negar el cariño que siento hacia este libro por la sinceridad con la que habla sobre el artista bloqueado, aquel que se ha dejado llevar por los consejos insanos del crítico.

Respecto al censor interno, la cineasta lo retrata como lo que es, un villano de tres al cuarto: “Es como si todo nuestro inconsciente colectivo se quedara despierto por las noches viendo 101 dálmatas, de Walt Disney, y practicando las habilidades de Cruella DeVille para la crítica mordaz”.

Cuando el censor interno se examina desde fuera, es casi como ver una representación caricaturesca de tu “yo” más repelente haciendo todo lo posible para arruinarte el día. Algo así es como se lo imagina Christoph Niemann, el ilustrador que protagoniza el primer episodio del documental Abstract (Netflix). Para Niemann, su censor interno es una versión en miniatura de sí mismo, un garabato que salta a un lado y a otro de sus hombros criticando su trabajo sin piedad. Ante un encargo creativo, la presión impuesta por nosotros mismos puede llegar a ser tremenda. “Tuviste una chispa tres años atrás y el cliente te pide que vuelvas a tenerla”, declara Niemann. “Y piensas, ¿Cómo voy a tenerla? Gané la lotería entonces, ¿cómo puede pedirme que gane la loteria de nuevo?”.

El censor interno es un bloqueo más. Un muro que te impide crear. Y es que el censor interno no te dice que Mozart era un niño prodigio, uno entre un millón, y que la mayoría de mortales no somos genios en nuestras respectivas áreas. Tampoco te dice que Capote escribía a diario desde los 8 años y, por lo tanto, cuando publicó su primera novela, había acumulado más de 10 años de práctica diaria. De hecho, éste último explicaba su asombro en el libro Música para camaleones: “(Algunos) trataron el libro como si se tratara de un extraño accidente: “Increible que alguien tan joven pueda escribir así de bien”. ¿Increible? ¡Tan solo había estado escribiendo día sí y día también durante 14 años!”

Para Capote, escribir no era muy diferente a otros tipos de arte: “Al igual que algunos jóvenes practicaban con el piano o el violín cuatro o cinco horas al día, yo jugaba con mis papeles y bolígrafos”. Niemann opina lo mismo: “Los atletas y músicos tienen que practicar cada día. ¿Por qué debería ser diferente para los artistas?”

Muchos te dirán que la clave está en la práctica, en no parar nunca de crear, sea bueno o no. Como decía Picasso, “cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando” o, dicho de otra manera, no puedes dejar que tu arte dependa de los vaivenes de tu musa. O peor, de los caprichos de tu crítico interno. Van Gogh decía que si oías una voz en tu interior que decía que “no puedes pintar”, tenías que seguir pintando hasta que la voz se silenciara. Curiosamente, los dos últimos meses previos a su muerte, el artista holandés pintó, de media, un cuadro diario.

Para algunos, el bloqueo creativo puede traducirse en una incapacidad para acabar lo que se ha empezado. Siempre hay cosas por mejorar, palabras que pulir, trazos que rectificar. Poner el punto y final en un trabajo que siempre parece estar pidiendo más segundos de vida es, sin duda, complicado. Pero tal vez no exista la obra absoluta, aquella que no deja lugar a ningún tipo de mejora. Tal vez, su final no sea un final, sino un punto para siempre intermedio entre la nada y el todo.

 

 

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