¿Se debería boicotear el arte?

Kevin Spacey en “House of Cards” / Netflix

Kevin Spacey es uno de esos actores que siempre me han gustado. Me gustó en American Beauty, me gustó en Cadena de Favores y lo estaba disfrutando mucho como el maquiavélico Frank Underwood en House of Cards. Por eso, cuando leí que Netflix había cancelado la serie porque presuntamente Spacey había acosado sexualmente del también actor Anthony Rapp hace treinta años en una fiesta, me quedé de piedra. Spacey tenía 26 años y Rapp, apenas 14.

Ahora, a medida que escribo este artículo, están saliendo más noticias que hablan de nuevas denuncias contra Spacey, en concreto, provenientes de trabajadores del mismo set de House of Cards. Su publicista y su agencia de representación han cortado toda relación profesional con él.

¿Qué está pasando en Hollywood? Algunos de los escándalos más notables de este 2017 han involucrado al productor Harvey Weinstein, los directores de cine James Toback y Brett Ratner e incluso al actor Dustin Hoffman. Pero estos sólo han surgido en el último año. Otros casos anteriores incluyen a estrellas como Roman Polanski, Woody Allen o Bill Cosby.

A raíz de este suceso, y por desgracia de tantos otros que han ido saliendo a luz pública, me era imposible no pensar en el conflicto que un individuo puede tener entre seguir consumiendo o no obras culturales en las que participa un presunto depredador sexual (o que participa en cualquier otro tipo de delito que el sujeto considere grave).

No era la única. Este artículo de eldiario.es habla de lo mismo: ¿debería separarse la vida privada de un artista de su obra? O dicho de otra manera: ¿es moral consumir un producto cultural o artístico creado por una persona condenada (o incluso presunta) por algún delito como los comentados anteriormente? ¿Es moral seguir alentando su creación artística y, por tanto, su carrera?

Lo que quizás está más claro es que una obra cultural puede ser buena a pesar de que el artista, moralmente, no lo sea. Al fin y al cabo, el talento no va ligado a las cualidades morales. Si no, las personas más puras serían también las más talentosas. Las más corruptas, las que menos.

Sin embargo, el asunto se complica cuando el consumo de esta obra cultural reporta beneficios a su creador, ya sean económicos o de prestigio. Por poner un ejemplo: consideremos que un famoso escritor de bestsellers es condenado por un caso de abusos sexuales. Su nuevo libro salió a la venta apenas unas semanas antes y, hasta el momento, había recibido buenísimas reseñas de la crítica. Tienes algunos amigos que ya han leído el libro y te lo han recomendado con efusividad: “te va a encantar, te dicen”. ¿Irías a la librería y te lo comprarías?

Por un lado, la obra en sí no tiene la culpa. La obra es, según los cánones de la crítica y el gusto popular, muy buena. Pero el hecho de acudir a la librería y comprar ese libro reportaría un margen de beneficios a una persona que, en tu opinión, ha cometido un delito grave. ¿Estás, en cierto modo, ayudando a financiar a un delincuente?

Seguro que más de uno se escudará ante la idea de que él no compraría el libro, sino que esperaría a que en su biblioteca local lo tuvieran para leerlo gratis o, mejor, se lo pediría prestado a uno de sus amigos. Aunque este tipo de maniobras son válidas a la hora de actuar en la vida real, me gustaría ir un paso más allá. Pensar en términos de todo o nada, ya que así podemos llegar a conocer mejor nuestras prioridades.

Si la única forma de leer esa novela buenísima fuera reportando beneficios al autor, ¿la comprarías? Y si, como mencionábamos antes, pudieras leer la novela sin reportar beneficios al autor, ¿la recomendarías a un amigo en el caso de ser buenísima? ¿Propagarías la fama de este delincuente?

Si tu respuesta a ambas preguntas es un rotundo “no”, ¿hasta cuándo duraría este boicot? ¿Desde la obra actual hasta las obras futuras? ¿Incluirías las obras pasadas también?

Si el autor recibiera una condena “justa” (teniendo en cuenta que este término puede variar dependiendo de la persona), cumpliera la condena hasta al final y luego se reincorporara a su trabajo, que en su caso, es crear arte, ¿seguiría mereciendo que sus obras fueran boicoteadas?

Puede que algunos consideren que “el arte” en sí sea un elemento diferenciador. Si el sujeto del que hablábamos fuera, en vez de un escritor, un médico excelente, ¿cambiaría eso nuestra percepción del asunto?

Establecer un baremo en estos casos es difícil. Algunos quizás regularían la severidad del castigo dependiendo del tipo de delito o la propia actitud del delincuente. Pero la misma pregunta permanece: ¿cuándo es moralmente correcto actuar de una forma u otra?

Opino que este debate es necesario, porque las consecuencias pueden ser devastadoras. Si un afamado artista abusa de su poder y, a pesar de las denuncias recibidas, sigue ejerciendo su trabajo casi sin repercusión y admirado públicamente por su talento, ¿qué le dice todo esto a la víctima? Pues que lo más seguro es que estará mejor si no dice nada. ¿Y a otros artistas en la misma posición de poder? Pues que, si hicieran lo mismo, no tendrían que temer ningún castigo.

Siento si este post es más bien un listado de preguntas y no un artículo de opinión, pero me interesa más abrir un debate que no defender mi postura. Al final, el problema que veo en todo este asunto reside en nuestra propia concepción de la justicia, cómo nuestro sistema judicial lo aplica y si nosotros, como sociedad, estamos en cierto modo permitiendo comportamientos que deberíamos condenar (o, por el contrario, no deberíamos ni meternos en estos asuntos).

Después de pensar en todo esto, me viene a la cabeza la carta que Dylan Farrow, hijastra de Woody Allen, hizo pública para denunciar al famoso director de cine. En ella, relataba los presuntos abusos que había sufrido y terminaba con una ácida pregunta dirigida a todos nosotros: “¿Cuál es tu película favorita de Woody Allen?”.

Me pregunto qué habrá respondido la gente que leyó esa carta. Me pregunto qué respondería yo.

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